Firma invitada: Julio Reboredo Pazos

Nemesio Cobreros nunca fue arquitecto municipal de Lugo

Dicen que la han restaurado, pero no es cierto: el cuerpo de entrada no lo diseñó Cobreros para que tapase las otras dos edificaciones, porque fue concebido en escalera para que la luz llegase a todas partes. Fíjense: en el frontón no pone Vello Cárcere ni llamo yo a esto Quaderni del Carcere; pone «Juzgado y Cárcel de Partido». La foto es mía, pero la hizo Pedro Ferrer Sans o los Ferrer’s boys entre 1902 y 1908 (mes arriba, mes abajo).

Frente a la salida de la puerta del Castillo hay un magnífico edificio llamado Cárcel del Partido (judicial) al que ahora han motejado como Vello Cárcere. Ningún Mediterráneo he descubierto con lo dicho y ninguno descubriré si ahora añado que lo diseñó el arquitecto Nemesio Cobreros y Cuevillas; y, como no hay dos sin tres, daré otro dato bien sabido: es Lugar de Memoria Democrática. Eso está muy requetebién, porque los que ya calzamos cierta edad tenemos el futuro tasado y el presente ya no es nuestro reino, por mucho que tratemos de adaptarnos camaleónicamente. Así pues, lo que nos queda es el pasado: tenemos pasado a fartar, una verdadera montaña a nuestra disposición entre lo vivido y lo aprendido, entre lo visto y lo imaginado, entre lo gozado y lo sufrido. Somos discos duros atestados de información, manejada por procesadores más lentos que el caballo del malo, y además ya no hay actualizaciones para nuestro sistema operativo.

Por eso, por todo eso que acabo de decir voy a poner de manifiesto que en el Lugar de la Memoria hay un error memorístico, lo que no deja de ser contradictorio. A lo mejor es que la Memoria está centrada en algunos aspectos muy relevantes, mientras otros no se contemplan, no figuran allí, no existieron: la miseria que llevó al hurto o al robo, por poner un ejemplo y no entrar en todas las pasiones y desventuras que habrán ocultado a tantos miles de personas sufrientes detrás de aquellos muros. Desde mi inmodesto entender, es ese un olvido que, siendo fácilmente subsanable, nadie parece interesado en corregirlo. No sé qué dirá, desde el jardín frontero, Conchi, la de la droguería. ¿Cómo era de nombre completo…? ¡Concepción Arenal!, que no me acordaba yo ahora, caray.

Pero hay otro asunto que no pertenece al campo de la desmemoria, sino al de la carencia de conocimiento o, lo que es lo mismo, a un evitable exceso de ignorancia; también de dejadez, de desinterés por aquellos/llas que manejan el cotarro. Hace ya años yo mismo avisé de que «eso no es así», dicho respecto a lo que está fundido en bronce y bien sujeto a la pared, y dicho a quienes repiten el error de viva voz cada vez que se tercia. ¿Qué me respondieron? Pues, referido al bronce, un «Bueno, es que lo pusieron ahí así, claro, no sé, es que…»; respecto a la viva voz, un «¡Ah, pero a mí es que me dijeron…!, ¿está seguro?; claro, es que usted tiene otra opinión, pero yo creo…». ¡¡¡«Creo»!!!, mal asunto que denota el apagado de la razón ante cualquier evidencia puesta ante los ojos. «Verá, yo tengo cierto conocimiento de estas cosas; si quiere le traigo papeles, porque esto no es nada raro e incluso está en negro sobre blanco». Pero nada. Podrían pensar que yo hubiese ido allí a mentirles, porque los jubilados, a fuer de tiempo libre, andamos vigilando obras y metiendo trolas por ahí. Pero la verdad es que una cautelosa duda podría también haber provocado cierta curiosidad que llevase a la búsqueda, a preguntarme más, a acosarme hasta meterme en un aprieto y demostrarme que soy un ignorante, un burro de pelo blanco, cosa que por otra parte es verdad y, además, cierto.

Pero falla la perfectibilidad que, en términos cristianos podemos asimilar al propósito de la enmienda.

En vista del niputocaso, desistí en mi empeño hace ya mucho tiempo, porque pensé: ¿acaso no hay quienes plantean no solo que la Historia es reconstruible, sino que incluso dicen que la reconstruyen? «Es que yo creo…». Creo, sí, in unun Deum patrem omniponentem…

Basta. Allá va el asunto: el gran arquitecto baracaldes Nemesio Cobreros nunca fue arquitecto municipal, jamás perteneció a la plantilla del Ayuntamiento desde que llegó a Lugo a finales de 1870 y hasta su fallecimiento en Guilfrei en 1909. El Consistorio ha publicado libros de don Adolfo de Abel, de don Fernando Arribas, de don Javier Louzao… ¡si hasta ha publicado cosillas mías!; pero ni ellos ni yo somos escritores municipales, y eso con independencia de que el Concejo hubiese –o no– pagado nuestro trabajo (no desarrollaré esta idea porque sólo le tengo miedo a dos cosas: a los terremotos y a Hacienda).

Cierto es que, durante casi todo el tiempo que el arquitecto Cobreros estuvo en la Metrópoli del Nabo, no hubo en la ciudad más arquitecto que él. Por eso trabajaba para su pagadora, que lo era la Diputación por ser arquitecto provincial. Pero también trabajó para particulares, construyendo sus casas o haciendo hermosos establecimientos, como lo fue el Café Español –del hotel Méndez Núñez–, cuando estuvo en la esquina de la calle de la Reina con la plaza de la Constitución. Y, por supuesto, hizo no pocos trabajos para el Ayuntamiento –repito, era el único arquitecto en el pueblo–, por los que el Consistorio le pagaba –cuando menos hasta 1894– un tanto al año para él y para su sobrestante, que lo era Luis Vázquez Barreiro, padre de Luis Vázquez Fernández –el poeta Pimentel–.

Por todo ello, una comisión de ediles propone al Ayuntamiento, en 1878, que en su presupuesto se asigne «un crédito de 2.000 pesetas para un maestro de obras ó un Arquitecto municipal; y que mientras no se proviste esta plaza, q.e se utilicen los servicios del Arquitecto provincial», que así «era más económico para el Municipio el que continuase el Arquitecto Provincial y Sobrestante en la forma que hasta aquí». Pero la asignación para ambos técnicos sería de 2.500 pts. Quiero pensar que esto basta para entender que Cobreros no solo no era arquitecto municipal, sino que el Ayuntamiento no quería crear una plaza para dotarla con el correspondiente técnico, porque eso le saldría más caro que darle la asignación anual mencionada a Cobreros y Vázquez.

En este estado se llegó a 1894 en que El Consistorio creó la plaza de arquitecto municipal, inexistente hasta ese momento: «Considerando que una de las mayores necesidades que hoy siente el Ayuntamiento es la de un Arquitecto que esté exclusivamente á sus órdenes y que se encargue no solamente de la formación de proyectos, planos y presupuestos de las obras municipales, sino también de la dirección y vigilancia de las mismas y demás obligaciones que le impone el reglamento». Tras este y otros considerandos, decide el Municipio «Que se nombre Arquitecto municipal con el haber de tres mil pesetas».

Para la plaza ahora creada resultó elegido, una vez valorados sus méritos, el arquitecto Luis Bellido González, frente a un rival que no tuvo ningún voto. Bellido fue un gran profesional, que desarrolló en Lugo y fuera de aquí una brillante carrera, pero no sé por qué me temo que hubo cierto tráfico de influencias en su nombramiento: era hijo del ingeniero Joaquín Bellido Díaz, que hasta poco tiempo atrás había trabajado en Lugo. El ingeniero estaba casado con Mariana González Somoza, cuyas hermanas estaban a su vez contraídas (de nupcias) una con Antonio Pedrosa Ulloa, marqués de Villaverde de Limia (el del Palacio de Bóveda) y otra con Salvador Neira Gayoso; pero Neira Gayoso era hermano de Juan, que en aquel momento era concejal del Ayuntamiento, y también lo era de Dositeo, el cacique en jefe de la izquierda liberal lucense –los del picheleiro Eugenio Montero Ríos, otro señor al que le pusieron nombre de calle–.

Luis Bellido estuvo en su plaza lucense solamente unos meses, marchándose luego a Asturias. No obstante, dejó visibles muestras de su talento como técnico y como historicista ecléctico: el Círculo de las Artes, la casa del indiano habanero Fermín Senra Sanjurjo (Constitución, 9), la de María Alvarado en paz descanse (ella y también la casa) o el Hospital de Santa María son ejemplos de su buen hacer profesional. Le sucedió en el cargo Juan Álvarez de Mendoza, el de los arcos de herradura, que se va de aquí en 1906.

(La verdad es que el Lugo de entonces, más que un destino, parece un destierro).