Firma invitada: Julio Reboredo Pazos
Aprender en la escuela

Ninguno de ustedes me negará que la enseñanza es una profesión dura. No lo es solo
porque los discentes, como bien escaso, son cada vez más valiosos, preciados objetos
familiares a los que no se les puede negar nada. Por otra parte, nadie discute al médico
por su diagnóstico o por un tratamiento; ¿conocen a alguien que se enfrente con su
abogado porque disiente de la interpretación de un precepto legislativo? Ni siquiera se
enmienda la plana a un charlatán de cuchara, de esos que ahora llaman gastronosequé
–¿gatrointestinal?– o gourmetalgo –¿grumete de Talgo?–. ¡Pero a un profesor…! “Me
va a mí a decir ese sabihondo cómo se le enseñan las matemáticas a mi hijo”; “¿quién
se creerá esa mindundi para decir que el examen de literatura de mi niño es de cero?”.
“Quién sabe mejor que yo cómo aprende y cómo hay que enseñarle a mi hijo/ja”. Sí:
ja, ja, ja.
Pero el aprendizaje también es duro, pero que muy duro. Ocurre que no
recordamos hechos de flagrante shock a los que hemos tenido que sobrevivir y poner
cara de que nos gustó. Es el caso de aprender a leer, proceso en el que a un
pequerrecho se le junta la gramática con las matemáticas. Hay que aprenderse de
memoria veintisiete letras minúsculas, otras tantas mayúsculas, saber cómo suenan
cuando hacemos con ellas parejas y hasta pornográficos tríos. Y todo ello en
combinaciones de cincuenta y cuatro elementos tomados de dos en dos, de tres en
tres, de cuatro en cuatro… y así hasta donde usted quiera.
A mí, desde luego, me costó un triunfo, a pesar de que la maestra –el cóndor
más parecido a una persona– puso todo su esfuerzo y su fuerza en hacer que me
entrase aquello en la cabeza. Incluso directamente, que por eso intentaba ella
trepanarme los parietales con la punta de su lápiz. Nunca llegué a sangrar, y por eso lo
de la letra con sangre entra me ha perecido una tremenda exageración.
Todas esas cosas, es decir, las primeras letras y los primeros números los
aprendí sentado una sillita de enea, con la pizarra (sic) sobre las rodillas. Así pues,
aprendí a escribir como en el Paleolítico superior: rozando una piedra contra otra, y
utilizando para borrar la técnica del salivazo y pasada con la manga del mandilón.
Solo había dos mesas, una con cuatro sillas y la otra con dos; pero eran para los
mayores y quedaban libres cuando hacían el ingreso. Cuando uno de aquellos sitiales
de la Academia Infantil del Campo del Castillo quedaba libre por un ingreso, días después se oía, quizá tras el rosario del sábado por la tarde: “Fulanito, sube a la mesa”.
Y el afortunado o la afortunada recogía los bártulos en su cartera y acudía a la llamada
del altar de la Ciencia, ufano cual si se encaminase a recoger el premio Nobel.
Ahora, los chiquillos a veces lo pasan mal en el colegio porque hace mucho
calor, como les ha ocurrido en Madrid; o porque se estresan debido a que tienen dos
exámenes en la misma semana; o, en fin, porque no hay derecho a que con solo tres
suspensas no promociones al curso siguiente. Y me pregunto yo: a ver por qué con dos
pasas y por haber “dejado” una más, no; ¡¡¡únicamente una más!!! Verdaderamente,
el asunto es serio y diría yo que incluso de juzgado de guardia.
¿Y por qué les cuento todo esto que a nadie importa porque ya estamos de
veraneo y el verano es tiempo de vacar, de no pegar ni sello? Pues porque después de
una larga temporada me he reencontrado con la escuela de don Ángel Salgueiro. Don
Ángel Salgueiro y su ayudante don Andrés López Martí eran maestros de la escuela
para niños (entonces solo la había para niños) que había comenzado a funcionar en
Lugo. Esto sucedió tras la muerte de Fernando VII e iniciarse la revolución liberal, allá
por los años 1835…
Bajo el amparo económico del Ayuntamiento, la primera escuela se instaló en
el desamortizado convento de las Dominicas de Santa María A Nova. Estaba en la parte
que daba a la recién abierta (1836) calle Nueva, a la que pronto (1840) llamaron calle
Cayuela y que andando el tiempo se llamó de la Reina y también un par de veces de la
Libertad. Compartía locales con la Milicia Nacional, pero estaba el edificio en tan
pésimas condiciones, que amenazaba ruina, por lo que fueron trasladados escuela y
cuartel al que había sido convento de los Dominicos, en la plaza de Santo Domingo y
que hoy ocupan las Agustinas Recoletas.
Se fue don Ángel Salgueiro con sus pupilos de las Dominicas a los Dominicos
porque lo de las Dominicas se caía a pedazos. En las nuevas instalaciones se dice en el
Ayuntamiento que una comisión de su seno (no de su teta, sino de su seno) ha visitado
a escuela y que «la halló en un estado regular respecto de la instruccion de los niños
que están a cargo de maestro D. Ángel Salgueiro, guardando aquellos toda modestia y
prontitud á las preguntas que se les han hecho: pero que es de necesidad la traslacion
de la escuela á otro punto mas a proposito por hallarse á los rigores de la intemperie en
el provisional de Santo Domingo en que en la actualidad susiste, el cual como procsimo
á la Plaza de abastos espone á los niños á recibir lecciones de inmoralidad; y que al
mismo tiempo seria muy util y conbeniente el que se reuniesen en un mismo punto la
escuela publica y la practica normal para mayor ilustracion y comodidad de los que las
regentan». Tome nota de que el «regular respecto de la instruccion» no se entiende
como medianía, sino en el sentido de la regularidad, de lo que se atiene a la regla.
¿Qué me dicen del colegio de 1841? Pues si esto les ha parecido poco, vean lo que fue
a acontecer al año siguiente.
Allá por el mes de junio de 1842, estando López Martí y Salgueiro en sus clases,
fueron «sobrecogidos por un fuerte y estrepitoso estallido que diera la armazon del
techo del local de la escuela». En vista de ello desalojaron el recinto. El Ayuntamiento
mandó a un operario que pudiese ver lo que había ocurrido, quien «manifestó que el
techo de dicho local se há fracturado de intento recientemente por que se han estraido
á la fuerza los puntales de la tigera que los sostenia». ¡¡¡Les robaron los puntales del
tejado!!!, con lo cual, el techo amenazaba inminente ruina. El Ayuntamiento procedió
al inicio del arreglo, utilizando para ello las vigas del convento de San Francisco. Pero la
escuela siguió allí hasta finales de los años 1920.
Y con toda seguridad, del aula unitaria de aquella escuela salieron zapateros
remendones, comerciantes distinguidos, albañiles, médicos e incluso maestros que
formaron en las primeras letras a los abuelos de nuestros abuelos. C’est la vie (e eu
tamén a vin e máis calo).