“Descubrí la existencia de un mártir gallego en Oriente durante una de mis estancias en las islas del Pacífico”

Francisco J. Ruiz Aldereguía, autor de Quid et quomodo, una novela centrada en el ourensán Francisco Blanco, uno de los primeros 26 mártires católicos en Japón en 1597

Enrique G. Souto

Lugo, agosto, 2025

El ferrolano Francisco J. Ruiz Aldereguía (1949), haciendo honor a la tierra que lo vio nacer, surcó los mares y alcanzó a ser capitán de fragata de la Armada española. Retirado de la vida castrense, vive, desde hace 25 años, tierra adentro, muy tierra adentro, en la Ribeira Sacra lucense, la de la viticultura heroica heredera de la que practicaron los romanos. No se dedica a la agricultura, que bien hubiese podido hacerlo; labra los predios de la literatura y de la historia. Ha publicado cinco libros, que ilustra con sus propias acuarelas o plumillas. Acaba de dar a luz su más reciente obra, Quid et quomodo, una novela histórica centrada en la figura del joven ourensán Francisco Blanco, uno de los primeros 26 mártires católicos en Japón, donde fue crucificado en 1597, cuando tenía 26 años. “Descubrí la existencia de un mártir gallego en Oriente durante una de mis estancias en las islas del Pacífico”, explica.

–¿Por qué eligió como protagonista a este joven mártir gallego?

–Siempre escribo sobre personajes que aparentemente son fracasados pero que tienen interés desde el punto de vista personal e histórico. Busco personajes que estuvieron relacionados con Galicia y, en concreto, con la Ribeira Sacra.

–Hay otros ejemplos en sus libros…

–Tengo un libro sobre las islas Marianas. He vivido año y medio allí, en medio del pacífico, y allí me enteré de que el conquistador de estas islas, el que las redujo a la Corona española, fue José Quiroga, un señor del siglo XVII, de Quiroga, de la familia Quiroga, que en Galicia tantos quirogas hay. Además, familia de los grandes quirogas que hemos tenido. Pues allí está enterrado este Quiroga y nadie lo conoce. No aparece ni en el diccionario de personajes históricos ni en ninguno de esos libros que se han escrito sobre los gallegos por el mundo; no figura en ninguna parte, porque, como de allí nos fuimos cómo nos fuimos, todos los papeles se quedaron allí. Tuve la suerte de vivir en esa parte del mundo y pude recoger los datos necesarios para un libro.

–Y ahora llega Quid et Quomodo

–El libro de hoy es sobre un santo muy desconocido en España, que incluso es desconocido por muchos curas: San Francisco Blanco. Está entre los 26 mártires de Nagasaki, los primeros mártires en Japón. Se organizará un conflicto tan grande debido a este incidente, y a otros posteriores, que Japón se va a cerrar al mundo durante casi 300 años, hasta que los americanos llegan allí y el comodoro Perry dice: o se abren al comercio o abro fuego. Es la alternativa que les da y Japón se abre al mundo y tenemos el Japón moderno, pero Japón, cuando lo encontramos en el siglo XVI, vive en un momento feudal y durante 300 años más siguió así, porque se cerró a toda influencia exterior.

Es una historia de la rivalidad entre jesuitas y franciscanos, entre dos modos distintos de entender la evangelización…

–Aprovecho el personaje de Francisco Blanco para contar ese período en el que hemos estado los españoles y los portugueses, estos más que nosotros porque llegaron antes, con San Francisco Javier, que, aunque era español, fue con los jesuitas por el rey de Portugal. Es el conflicto entre franciscanos españoles, que van desde Manila, y jesuitas portugueses, que van desde Macao. Hay un conflicto muy grande, pese a que tienen el mismo rey. El que lea el libro se enterará de cuáles son los resultados de esa forma de evangelizar, por eso el título es Quid et quomodo, es decir, qué y de qué modo evangelizar. Jesuitas y franciscanos se encontraron en ese momento a pueblos con culturas consolidadas, porque hasta entonces se habían topado con culturas muy primitivas, más o menos desarrolladas, pero sin un pensamiento y unas literaturas desarrollados como tenían China, Japón o India. Cómo afrontar la evangelización de esos pueblos, ésa era la preocupación que tenía la corona.

–¿Dónde se “encuentra” a estos personajes?

–A José Quiroga y a Francisco Blanco, en Guam. Son personajes que en el Pacífico sí han dejado huella. Siempre se habla de colonización y España no colonizó; España fue a evangelizar y fue a aportar su cultura. Estos personajes conforman aquel imperio, en el buen sentido, que se estaba formando, algo que reunifica a los pueblos. El chamorro, por ejemplo, que es la lengua que se habla en las islas Marianas, es un criollo del español, del que tiene una aportación del 60%; su cultura, si hoy existen criollos, es precisamente porque España cuidó a los que sobrevivieron a las enfermedades que les llevamos, que eso es algo indudable que causó mermas.

–¿Quién es Francisco Blanco? –Es de Tameirón, en A Gudiña, al lado de la frontera con Portugal. Sale de allí, estudia con los jesuitas, en Monterrey y en Salamanca, y, de repente, se cambia a los franciscanos. El plan de evangelización de los jesuitas es conquistar a las clases altas y los franciscanos, con su humildad, buscaban al pueblo, y ahí hay un conflicto. No fueron grandes masas.  Solo nueve franciscanos fueron capaces de organizar y desarrollar un trabajo que, por temor a lo que pudiera provocar, hizo que Japón se cerrase al mundo por el miedo a la conquista por lo españoles o de los portugueses. Cuando lo crucifican es un joven de 26 años. De su vida apenas tenemos conocimiento, solo su trayectoria, lo que cuenta uno de aquellos en los que baso el libro, que es otro franciscano, coetáneo, que lleva misioneros franciscanos a Filipinas.  Salta del barco y se queda en las islas marianas hasta que llega de nuevo el galeón de Manila y lo recoge. Ese franciscano es un testigo directo de la muerte de 26 franciscanos, de ellos sólo seis sacerdotes y el resto legos japoneses.