Las luces de Abel Caballero y los pactos de Pedro Sánchez
Enrique G. Souto
Lugo, 24 de noviembre de 2019
El profesor Stephane Vinolo dejó escrito que «el teatro no se puede confundir con la política, ni el amor con la ciencia». Lo que parece una obviedad, no lo es tanto. Solo hay que ver con qué frecuencia el político recurre al teatro, a técnicas de representación teatral, para acrecentar y consolidar su respaldo popular. El alcalde de Vigo, Abel Caballero, ha descubierto cuánto rédito político puede obtener de las luces de Navidad que instala en su ciudad. Convertido él en primer actor de una representación teatral que basa su éxito en el arte de la iluminación, en un localismo desaforado y en una representación que roza lo esperpéntico, Caballero logra llevar a su ciudad a miles de visitantes, que llenan los hoteles, beben en sus bares y compran en sus comercios. Caballero, que sabe que la importancia de uno la dan sus rivales, se empeña un año más en retar a los alcaldes de Madrid y Nueva York a mejorar la iluminación navideña que él ha hecho instalar en su ciudad. Así, Caballero desvía a las luces de colores la atención del pueblo, siempre sometido a la dieta de pan y toros en sus distintas variedades, de las condenas por corrupción en Andalucía a destacadísimos miembros de su partido, el PSOE; aparta la vista de miles de ciudadanos del pacto de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias (Podemos) y de lo que viene con los independentistas; aísla por unos momentos a los admirados ciudadanos de su preocupación por el fantasma de una nueva crisis, el vaciado de la hucha de las pensiones y el repunte del paro.
Abel Caballero es una de las mejores bazas de Pedro Sánchez en estos momentos en los que, después del sorprendente respaldo mayoritario obtenido entre la militancia para el pacto con Podemos, necesita que el foco mediático se desplace ligeramente para que no presione a la contra sobre sus negociaciones con los independentistas. En síntesis, el tío del aspirante triste, gris y sin gas a la presidencia de la Xunta, es el cómico que entretiene al ciudadano para que Sánchez pueda maniobrar a sus anchas. Seguramente no lo hace con esta intención, o no exclusivamente, pero sí tiene la atención del público que, así, se desentiende de lo que hace Sánchez. Y lo que hace Sánchez es crear una situación que no anda muy lejos de la que describió Manuel Jiménez de Parga, jurista de prestigio incuestionable, ya antes citado en estas crónicas. Hace algunos años, explicó: «Se puede llegar a una Constitución meramente semántica, es decir, a un juego de palabras que sirva para ocultar una realidad política en la que no se manda como el texto constitucional prescribe, ni los agentes efectivos de los poderes son los titulares constitucionales de ellos, ni la convivencia entre las personas y los grupos es la descrita en las normas». Acaso no hay olvido de la norma constitucional en la situación creada en Cataluña? Acaso no se imponen en Cataluña por la vía de la pedrada elementos que no son los titulares del poder? Cómo sienten tratados sus derechos constitucionales los catalanes que no comparten el independentismo de los radicales? Cómo se sienten los españoles que aman el modelo constitucional que dio a España el más largo y fructífero período de paz cuando ven a las puertas del Gobierno a los antisistema que aplaudieron y aconsejaron a los que llevaron a Venezuela al desastre?
En la política-espectáculo se impone embobar al ciudadano/espectador con luces de colores, como el colonizador se ganaba al indio con cuentas y abalorios coloristas. Abel Caballero descubrió, quizá por casualidad, la magia de las luces navideñas. Y sabe rentabilizar el embobamiento para sí y para los suyos. Si descubre como hacerlo en otra época del año, entonces hasta el sobrino/aspirante a presidente de la Xunta puede tener una posibilidad de éxito. Tome nota el popular Núñez Feijoo, no vaya a ser que se quede sin la mayoría por culpa del titileo de unas luces de colores; el teatro no se puede confundir con la política, pero se confunde, ¡vaya si se confunde!