Cataluña: Tras los desmanes, de nuevo es el tiempo de los jueces

Lugo, 20 de octubre de 2019

Enrique G. Souto

En sus memorias (Vivir es arriesgarse), el jurista Manuel Jiménez de Parga recogió esta advertencia de Harlen F. Stone (1879-1946), presidente del Tribunal Supremo norteamericano, sobre lo que ocurre en algunas ocasiones: «El Congreso puede actuar, pero no actúa. El presidente puede estimular, pero no estimula. En ese momento, nosotros intervendremos y haremos la tarea que ellos debieron realizar». En España, mientras arde Cataluña y el fuego amenaza con extenderse a otros territorios, el Congreso está, si así puede decirse, a la espera de la elección de diputados el próximo 10-N y el presidente del Gobierno ha demostrado sobradamente que está a lo que está, es decir, a las urnas que vienen y poco más; intuye que, contados los votos, muy probablemente necesitará al nacionalismo para gobernar y por eso reprime a los alborotadores con «proporcionalidad», cuando lo que está en juego es la propia unidad de España y, en ese caso, no hay proporcionalidad que valga: la defensa de cuanto está escrito en la Constitución ha de hacerse con todo el peso del Estado. Y así, con esta visión del presidente Sánchez del ejercicio del poder, Cataluña arde un día sí y otro también, mientras las chispas parecen empezar a saltar a otros territorios, o, al menos, hay riesgo de que tal cosa ocurra. Por eso cobra vigencia el aviso de Stone; por eso tantos españoles agradecieron a los jueces que en su momento tomasen cartas en el asunto y, por fin, ahora la rebelión (póngale quien quiera el término jurídico adecuado) ha sido sancionada con penas de cárcel. Contra la sentencia de los separatistas catalanes se aúnan, quién sabe si, y hasta qué punto, de modo orquestado la  protesta civil pacífica, tan democrática y respetable, y la acción violenta, injustificable e inadmisible, en la que se mezcla independentismo y antisistema. La defensa de la legalidad, el orden y la unidad de España recae en los agentes que, con profesionalidad digna de encomio, se enfrentan a una turbamulta en extremo violenta, bien estimulada y motivada.

En pleno período de elecciones generales y con un presidente que pasará a la historia por sus constantes cambios de opinión, cabe preguntarse si las tensiones que vive el sistema democrático no son un indicador de que en España está en pleno agotamiento el modelo surgido de la Constitución de 1978. Jiménez de Parga dejó escrito en sus memoria: «(…) en los momentos de desintegración de un régimen, cuando se llega –por el motivo que sea- a la última etapa de una forma de gobierno, el poder judicial debe asumir las máximas responsabilidades». Quizá no sea aún el momento, o tal vez sí. Lo que trasciende de la actitud del Gobierno no resulta en absoluto tranquilizador.

Si quienes tienen que tomar las decisiones escuchasen cuanto se dice en la calle España adelante, en los bares, en los lugares de encuentro ciudadano, harían bien en preocuparse. La paciencia del español medio está cerca del límite y eso no es bueno para la salud del sistema democrático, como lo demuestra la historia reciente. Tome el Gobierno cuanto antes las decisiones que tiene que tomar, porque si no lo hace es probable que sea necesario que se haga bueno el aviso del norteamericano Stone. Pero entonces puede que sea tarde y ya todos habremos comprendido cuanta razón tenía Méndez Pidal: «Los hechos de la Historia no se repiten, pero el [tipo de] hombre que realiza la Historia es siempre el mismo». En Cataluña se comprueba fácilmente y solo no lo ve quien no quiere verlo. Quizá aún hay tiempo, porque, como escribió Balfour, «este mundo está malísimamente arreglado; pero no tanto…».