Comportamientos políticos que estimulan la abstención
Lugo, 12 de octubre de 2019
Enrique G. Souto
El general Dwight David Ike Eisenhower, trigésimo cuarto presidente de Estados Unidos, estaba convencido, al parecer, de que «la gente quiere tanto la paz que, uno de estos días, el Gobierno tendrá que quitarse de su camino y dejarles tenerla». En España se verá, en las elecciones generales de noviembre, si, realmente, es aplicable en este país lo que Ike pensaba para el suyo. Si las previsiones acerca de la abstención, de una gran abstención, se confirman el 10-N, los españoles habrán dejado nítido ese mensaje a los partidos políticos, en general, y especialmente al de quien asumió la presidencia de España de un modo tan abrupto como innecesario y, a la vista de los hechos, dañino para el interés general. Por si cabe alguna duda respecto a esto último, basta con recordar la necesidad de repetir las elecciones generales, asunto en el que está metido de lleno el país.
Con la nueva cita electoral, algunos de los principales protagonistas de la política española parecen haber decidido aprovechar la ocasión para reírse de los ciudadanos. Escuchar algunos mensajes del socialista Pedro Sánchez daría para ratos hilarantes si no fuera por la gravedad que entraña el hecho de que un presidente de Gobierno cambie de parecer cada pocos días. En los manuales de Historia, cuando el tiempo haya corrido lo suficiente, se estudiará su caso. Como mínimo al nivel de su predecesor Zapatero, que negaba la existencia de la crisis económica cuando la crisis se llevaba ya por delante todo lo que encontraba a su paso, incluidos los empleos de miles de trabajadores. Y qué decir de las decisiones adoptadas únicamente pensando en el rédito político y no en las consecuencias para el futuro inmediato del país.
En el apartado de líderes con trayectorias sorprendentes, por la osadía que hay que tener para defender en política una cosa y la contraria, figura con méritos destacados el líder de Ciudadanos, Albert Rivera. De no querer saber nada de pactos y negociaciones con Sánchez, ahora, vista su pérdida de caché, intenta salvar los muebles jugando a ejercer de muñidor de un gran acuerdo nacional. Rivera conoció días de gloria, pero, ya por su culpa ya por deficiente asesoramiento, cometió graves errores que trata de corregir a destiempo y a uña de caballo. Es cierto que la masa electoral propende a hacer poco uso de la memoria, pero hay momentos en los que se impone la excepción. Hay cambios de rumbo que quedan claramente fijados en la memoria de los electores. Dicen las encuestas que el batacazo de Ciudadanos será considerable. Ya se verá.
Otro notable en cuanto a disposición para adaptarse al terreno es el podemita Iglesias. Pero en su caso, más que risa, lo que provocan sus evoluciones son cierta compasión: después de lo del casoplón, a Iglesias se le juzgó con dureza, pero su mendicante petición de puestos en el Gobierno presidido por Pedro Sánchez ablandaron más de un corazón. «Pobre chico», se escuchó decir en más de un bar, «ahora que habla con tanta moderación y, nada, que Sánchez ni caso le hace».
A la vista de cómo están las cosas entre los principales líderes políticos no es descartable que haya unos cuantos miles de ciudadanos que, como el norteamericano, Ike consideren que es preferible quedarse en casa, como forma de pedirles que los dejen en paz, que aprendan, maduren y que vuelvan, si quieren y pueden, cuando estén listos para asumir tan alta responsabilidad. Es de desear que no den más la murga hasta que, en frase que suele atribuirse también a Eisenhower, aprendan de una vez que el liderazgo es el arte de conseguir que alguien haga algo que tú quieres porque él quiere hacerlo. ¿O no?